Ir al contenido principal

Entradas

Mi solsticio de invierno

Camino del hospital, no podía evitar preguntarme si quien me esperaba sería capaz de reconocerme. Quizá, pensaba, iba al encuentro de alguien que comprendería mi sacrificio y esfuerzo por asistir a nuestra cita, sin importar la hora —coincidente con la del resto de visitantes— y el día tan especial. ¿Ayudaba que fuese 21 de diciembre? Quería creer que influía de forma decisiva. Un solsticio de invierno siempre parece un buen día para dejarse morir.
Máxime, tratándose de una bruja.
Ya en el hospital, decidí entrar con la mayor solemnidad posible por la puerta principal. Luciendo traje y guadaña. En la recepción, el tipo que estaba allí me preguntó si me interesaba ser partícipe de alguna especie de broma. Después de felicitarlo por su atención a los detalles, le dije que todo era culpa de la fecha que nos había tocado. El de la recepción respondió que sí, que pasara, que le daba igual todo. Después de un turno de dieciocho horas seguidas, confesó, mirar mi mano tal cual es —pues quise…
Entradas recientes

MAMEN

Solo era un joven metido en un puticlub. Mis intenciones, acalladas por el disimulo y algún trago de whisky adulterado, invadían mi mente desde muy temprano. Tenía un plan y un objetivo. El primero no estaba muy claro; el segundo, se hacía llamar Mamen.
Siempre había pensado, hasta pocos minutos antes de llegar a ese lugar, que Mamen provenía de Maricarmen; pero no, era: María del Carmen. Un detalle que no me facilitaría identificarla mejor, porque su verdadero nombre era un secreto para casi todos.
Pero esa noche, como tantas otras, era simplemente Mamen. Se decía que había llegado allí después de haber estado casada un par de años con un policía que conquistó ella gracias a sus vecinos. La habían denunciado por montar un negocio en torno a los sueños de la gente, por estar siempre rodeada de maleantes que querían experimentar, y por estar metida en trapicheos relacionados con drogas; ayahuasca, casi siempre. Entonces había llegado el policía para inspeccionar el lugar. Ella había …

El hombre del espejo

— ¿Cómo es que os casasteis? ¿Cómo os dio por allí? —me preguntó frente al espejo, la misma noche de la boda.
No le respondí al hombre del espejo.
Y por algunos días, pareció dejarme en paz. O eso pensé.
Con el viaje hacia El Salvador, pasé por alto detalles que ahora cobran importancia. Como el misterioso extravío de mi equipaje en el aeropuerto, o haber olvidado mi anillo en el baño del avión, o los pasaportes que jamás pudimos entregar para entrar en el país centroamericano.
La cosa no mejoró cuando, ya de regreso, se me ocurrió volverme a parar frente al espejo.
— ¿Cómo es que os casasteis? ¿Cómo os dio por allí? —retumbó de nuevo en mi cabeza.
Ella, mi esposa, estaba cerca. Así que solo me terminé de anudar la corbata, bien fuerte —lo recuerdo perfectamente— y seguí sin responderle al hombre del espejo.
Así sucedía día tras día. Y no miento si digo que algo en mí me avisaba que las cosas podían empeorar. Y así fue.
Mi esposa colocó un espejo en la entrada de casa. Nada más abrir…

Reseñando Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett... y algo más

Hace tres semanas, fui a devolver un libro en la biblioteca. El sitio estaba lleno de estudiantes, y algún que otro abuelo echando la tarde con las noticias del día. Al acercarme a la bibliotecaria para hacer mi trámite, me fijé en que habían pegado un cartel nuevo junto a la mesa de recepción. Comunicaba el inicio de un nuevo ciclo de actividades del club de lectura de la biblioteca. Nunca había participado en ninguno, así que, además de devolver un libro, me inscribí en ese club.
La siguiente noche recibí un correo, era de la profesora encargada en dirigir el club. Me pasó la lista de libros que iban a leer este curso, haciendo hincapié en que empezarían por Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett. Pero hay un problema, decía ella, no hay suficientes libros para todos los miembros del club. Finalizaba el mensaje, prometiendo hacer un pedido extra de libros, para que todos pudiésemos leerlo con tiempo.
Cuando hice una breve investigación sobre el libro, quise hacer lo necesario p…

Manos

Desperté un día más en el laberinto. Tenía un fuerte dolor en mi mano izquierda. Al verla, comprobé lo que ya sospechaba: le faltaba un trozo. Me había quedado sin dedo índice, y una parte de la palma. Sumado a la ausencia de mis meñiques, el aspecto de mis manos me provocó ganas de llorar.
De pie, junto a mí, estaba el viejo sabio de papel maché que guiaba a unos cuantos como yo. Masticaba algo con fruición, mientras ponía velas negras en un altar. Al notar que me levantaba, suspendió su ritual y me preguntó si ya había recordado para qué eran mis manos. Le respondí que no.
Pues entonces, farfulló el viejo, sin dejar de masticar, tendrás que continuar conmigo en el laberinto. Te vendrá bien seguir ayudándome durante el día, haciendo trabajos ridículos, exigentes, muchos de ellos sin sentido, innecesariamente peligrosos, y hasta humillantes.
¿Con qué objetivo?, pregunté.
Tendrás que ganarte la vida, respondió el viejo de papel maché.
No puedes perder el tiempo intentando salir de e…

En ausencia de un Colt

Frank Caudett y su esposa Yarza tenían una tienda inmensa y complicada. En el lejano oeste, en concreto: en Silver City, eran conocidos por ser el único lugar con tejadillos y ganchos. Un decorado especial que el mismo Frank había tardado cuatro horas en montar el día de la reinauguración.
Habían pasado un par de años desde entonces, pero todavía mantenían fresco el recuerdo de aquel día, de lo sucedido en ese espacio de tiempo. Y es que era una historia difícil de olvidar, y desconocida para todo el pueblo.
Nada más empezar, Frank sufrió la baja de un pulgar y un meñique. Yarza, entre tanto, no paraba de mover cosas por la tienda, de decir lo mucho que le gustaba tener todo repleto de tejadillos (aun cuando antes de encargarlos, no sabía ni lo que eran), y de recordarle a Frank que todo tenía que estar listo pronto. El premio por cumplir con la misión era gordo: le dejaría un rincón para estar a solas con sus libros de ganadería.
Quedaban tres horas para reabrir la tienda.
El lugar …

Chat Privado

Xarxa_F: Hola. ¿Quieres jugar? Pp_Cuervo_Sp: Sí XF: ¿Qué edad tienes? Pp: 52. ¿Y tú? XF: 55. ¿Qué te gusta que te hagan? Pp: La comida Pp: jajaja XF: jajaja XF: ¿Cómo eres? Pp: Tengo todo el cuerpo depiladito. Con el culito respingon. 100 de pecho. Labios carnosos. Tengo la piel muy suave. Los muslos sobretodo. XF: ¡Qué belleza! Pp: y tu? XF: 1.80 mts. y 80 kg. Con mucho pelo. Barba. Me gusta cuidarme. Hago ejercicio. Pp: mmm… XF: Quisiera acariciar tus muslos… Pp: Mientras escuchamos Queen. XF: Sería estupendo.
XF: ¿Tienes alguna foto? Pp: No doy fotos
XF: Es una pena, pero me parece bien.
Pp: ¿No te gustaría verme?
XF: Por supuesto, pero si no quieres.
Pp: ¿Te da igual?
XF: Sí. Da igual.
Pp: ¿Y si te digo que soy un trans de 1.62 mts. y 100 kgs.? ¿Te sigue dando igual? XF: Bueno. No es lo que venía buscando. Pero supongo que se puede sacar algo bueno.
Pp: jajaja ¿Qué puedes sacar?
XF: Me has ayudado a imaginar un bella chica, por ejemplo. Pp: Mira. No me gustan los que van de intel…