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Mostrando entradas de agosto, 2017

Un mundo feliz, Huxley A. (Reseña)

Las referencias con respecto a que esta obra “predijo”, de cierta manera, algunos comportamientos que vivimos en la actualidad son muchísimas. Las razones pululan por internet, pero me centraré en la lucha entre el mundo "feliz" (civilizados) y los "otros" (salvajes).

Huxley consiguió dejar retratado otro mundo, además del "mundo feliz". Existe, pues, la reserva salvaje y las islas donde envían a los que dan signos “molestos” de inadaptabilidad. Es decir, ese orden artificial del mundo que han instaurado los seguidores de Ford (un ser humano venerado como deidad), a pesar de todo su poder, tienen —para mí— la guerra perdida a largo plazo contra la naturaleza. 

En este mismo apartado, la sociedad civilizada afronta lo peor de su existencia a través del “soma” (drogas), y los personajes no tienen en cuenta —creo— que la naturaleza puede resquebrajar en el momento más inoportuno la realidad de los seres humanos, por muy civilizados y avanzados que estén en su …

El niño sacrificado

En la cárcel tenía fama de curandero, de charlatán, de barbero incompetente. Hablaba cada vez menos. Cuando supe del viejo, de Francisco Leona, ya pasaba días enteros sin salir de su celda. Ensimismado. Enfrascado en conversaciones con la llegada de la noche. Ni los guardias querían averiguar lo que ocurría con el último sentenciado a muerte.

Había participado, hace unas pocas semanas, en el asesinato de un niño. La locura parecía el más lógico desenlace. Todo por unos malditos tres mil reales, según gritaba, como imbuido en una constante pesadilla.

¿Será que la locura nos abrazó a todos por igual? 

Cuando me cambiaron a la celda contigua, comencé a interesarme por el contenido de las conversaciones del viejo. “Trataba una  tuberculosis”, decía. “Solo quería hacer un trabajo”, respondía al vacío de la oscuridad. 

Encontré una perfecta explicación, pues era bien conocido por todos nosotros —los demás reos del centro—, que por intentar curarse de una tuberculosis, un tal Francisco Ortega h…

Lolita, Nabokov V. (Reseña)

“Lolita” de Valdimir Nabokov, es uno de aquellos libros que a los ciudadanos “buenistas” puede sacarle los colores. Disgustarles, que es aún peor. La temática es bien conocida por todos: Un cuarentón se encapricha por una niña de 12 años.
En un mundo plagado de restricciones, donde el mundo civilizado forma parte del “enemigo a vencer” para Humbert Humbert, él tendrá la difícil situación de verse “preso” de ese deseo de estar cerca de Lolita.
Por su parte, Lolita encarna —para mi gusto— muy bien la representación de la juventud. Rebelde. Coqueta. Aventurera. Es, pues, todo lo que nosotros, hombres y mujeres, deseamos: volver a ese estado natural donde creemos que todo lo podemos.
Nabokov, consciente del tema tan polémico de su novela, creó una buena historia adaptada para cada uno de sus personajes. Tanto es así, que hasta meditó sobre las repercusiones “subliminales” al escuchar los nombres de los protagonistas. Una característica notable en él. Hablaba de la necesidad de una “cadenci…

El pueblo más pobre

Una gran nube negra se posó en el cielo aquel día, pero don Justo no acostumbraba ponerle atención al firmamento. Salió de su casa —la más lujosa del pueblo—, con su mejor traje y la cabeza erguida, para acudir a una imprevista cita en el banco. ¿Sería otro de esos días en los que todo le salía bien?

Caminando, para variar, don Justo quiso husmear el estilo de vida de sus vecinos. Había rumores que, de paso, quería confirmar. El alcalde y juez del pueblo más pobre quiso constatar las penosas condiciones que decían llevar sus habitantes. Escuchar sus quejas, sus peleas, saber de su existencia, era un largo calvario para él. Regentar a distancia, ajusticiar solo a los desconocidos, eran las fórmulas inquebrantables de su vida; sin embargo, ese día, sin saber por qué, dejó que la curiosidad pudiera con él.
Pasó primero por la calle de las prostitutas. Como un acto reflejo, selló sus fosas nasales con un pulgar y un índice que mandaban al cielo a los otros tres dedos. Así, fue esquivando a …

Mendigo

El pistolero mató a todos en el Saloon. Cuando por fin terminó, lo esperaban afuera el Sheriff y su ayudante, armados, enterados de casi todo lo que ocurrió. Echó un vistazo hacia la barra y, dejando ahí un revólver que había tomado, alcanzó un vaso que ya estaba servido. Todo lo tenía que hacer con una mano, la izquierda, la única parte de su cuerpo que, esquelética y de un color preocupante, le respondía a la perfección. Se tomó su tiempo para beber, de un solo trago, un whisky quemante, adulterado. Al terminar, la botella que yacía detrás de la barra llamó su atención. Quedaba mucho más licor. En la dosis correcta, podría servir para apagar la pequeña llama de vida que le daba cuerda. Arrojó el vaso contra la pared y cerró los ojos. Suspiró. Ya faltaba poco.
Lejos, en otro mundo, quedó su antigua vida. Cuando solo existía su familia. Su esposa, Estefanía —sobre todo ella—, permanecía fresca en la memoria. Como sueños, por la noche y por el día, venían mensajes, imágenes de aquella ha…