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El niño sacrificado


En la cárcel tenía fama de curandero, de charlatán, de barbero incompetente. Hablaba cada vez menos. Cuando supe del viejo, de Francisco Leona, ya pasaba días enteros sin salir de su celda. Ensimismado. Enfrascado en conversaciones con la llegada de la noche. Ni los guardias querían averiguar lo que ocurría con el último sentenciado a muerte.

Había participado, hace unas pocas semanas, en el asesinato de un niño. La locura parecía el más lógico desenlace. Todo por unos malditos tres mil reales, según gritaba, como imbuido en una constante pesadilla.

¿Será que la locura nos abrazó a todos por igual? 

Cuando me cambiaron a la celda contigua, comencé a interesarme por el contenido de las conversaciones del viejo. “Trataba una  tuberculosis”, decía. “Solo quería hacer un trabajo”, respondía al vacío de la oscuridad. 

Encontré una perfecta explicación, pues era bien conocido por todos nosotros —los demás reos del centro—, que por intentar curarse de una tuberculosis, un tal Francisco Ortega había acudido a Leona. Entonces el viejo le recomendó a su cliente beber la sangre de un niño, además de unas compresas hechas con la grasa extraída del pobre infante. 

El instinto impulsivo del hombre quedó representado por la navaja que usaron para el sacrificio de Bernardo Gonzáles Parra. Era un niño como tantos otros de esta zona: pobre, sin futuro, salido de una cueva donde mal vivía con sus padres. Dicen que el inocente salía de bañarse —o bautizarse— en el río, cuando lo secuestraron; el pobre: ajeno a su realidad, feliz, como cualquiera de su misma edad.

Todo esto, todo lo sucedido en Rioja, ya lo sabía todo el país; la historia, sin embargo, no terminaría así. No para mí. 




Una noche, el silencio en la cárcel se hacía eterno. Llegué a pensar hasta en la muerte del viejo. Ya entrada la madrugada, volví a escuchar algo proveniente de aquella celda: “solo quiero jugar”, musitó una voz de niño. “¿Solo quieres jugar?”, refutó el viejo.

Hice todo por comprobar que aquello no era invención de mis propias culpas, queriendo apresar también lo que me quedaba de cordura. Pero esa voz volvía, ahora, cada noche, a buscar al viejo. “¿Pero se curó de la tuberculosis?”, le inquiría, para luego reír sin parar. El viejo gritaba, gritaba intentando acallar la risa del niño.

Para cuando empecé a entenderlo todo, el viejo era tan solo la sombra de un ser humano. Sus últimos días golpeaba su cabeza contra las paredes. Eran golpes tan fuertes que podía escuchar cómo salpicaba el suelo de sangre. Parecía hacerlo para no escuchar más la risa del niño. Luego me enteré de que Leona, para evitar que reconozcan al niño, había destrozado su cabecita con una roca. “La vida tiene formas muy interesantes de hacer justicia”, fue todo lo que pasó por mi mente.

“Bernardo Gonzáles Parra”, era todo lo que repetía los últimos días. “Bernardogonzálesparra”. No cesaba de decir ese nombre, ni durante su auto castigo. Pero la muerte le dio la espalda por algunos días más.

Cuando por fin murió, me apresuré en pensar que todo había terminado.

Entonces el niño vino a mi celda. Era rubio, de unos siete años. Lucía tan sano. Costaba creer que era cierto aquello por lo que había tenido que pasar en manos de Leona.

“Solo quiero jugar”, dijo. “Olvídense de mí”, sentenció, con una tranquilidad infinita. “Me olvidarán. A quien recordarán será a Leona”, fue lo último que escuché. Y desapareció.
No dejo de pensar en cuánta razón tenía en sus últimas palabras.

Desde hace no pocos años, a Francisco Leona le llaman ahora: “El hombre del saco”.

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