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El pueblo más pobre


Una gran nube negra se posó en el cielo aquel día, pero don Justo no acostumbraba ponerle atención al firmamento. Salió de su casa —la más lujosa del pueblo—, con su mejor traje y la cabeza erguida, para acudir a una imprevista cita en el banco. ¿Sería otro de esos días en los que todo le salía bien?


Caminando, para variar, don Justo quiso husmear el estilo de vida de sus vecinos. Había rumores que, de paso, quería confirmar. El alcalde y juez del pueblo más pobre quiso constatar las penosas condiciones que decían llevar sus habitantes. Escuchar sus quejas, sus peleas, saber de su existencia, era un largo calvario para él. Regentar a distancia, ajusticiar solo a los desconocidos, eran las fórmulas inquebrantables de su vida; sin embargo, ese día, sin saber por qué, dejó que la curiosidad pudiera con él.

Pasó primero por la calle de las prostitutas. Como un acto reflejo, selló sus fosas nasales con un pulgar y un índice que mandaban al cielo a los otros tres dedos. Así, fue esquivando a todo aquel que, sucio, harapiento, y mal oliente, fuera tan siquiera a rozar con él. Don Justo fue testigo del tipo de mujer que ahí se ofertaba: niña, joven, anciana, encadenadas, golpeadas, con el maquillaje disuelto entre sollozos eternos. Una de ellas lo reconoció. “Otra vez no”, suplicó. Él se encogió de hombros y, mirando al piso (con la nariz tapada), apresuró su caminar. Llegó al basurero de su pueblo, el pueblo más pobre. Había gente —casi todos de su edad—, hurgando, desbaratando, montando otra vez… Don Justo sonrió al ver, en un rinconcito apartado, las chatarras listas para mal vender. Sin ser visto —según él—, hizo la gracia de patear aquello, dejándolo inservible, para después correr entre risas, comprobando no haberse ensuciado. Le esperaba una importante cita.

Y divisó el banco. Tropezando, atravesó una maraña de menores —embadurnados en betún—, que ofrecían, suplicando, fe en forma de brillo para zapatos; todo, por una moneda. Entonces, uno de los limpiabotas haló suavemente de la chaqueta del alcalde-juez. Don Justo, violento, se sacudió maldiciendo por el leve tirón y, buscando dientes de leche, arreó todo tipo de golpes: codazos, patadas, puñetazos… Entre llantos, niños inconscientes, y unos pocos que persistían en ganar su voluntad, don Justo empelló a los últimos que aguantaban cerca y, desempolvando su ropa, arribó al palacio de don Clemente —el banco del pueblo más pobre—.

Frente a una gran puerta, recién abierta para él, un uniformado lo condujo a través de un sueño de bienvenida: la sutileza de una alfombra roja, los mimos de los manjares más frescos de la temporada, y, una vez colocado en una silla tan suave como una nube, un café que don Justo bebió con la misma delicadeza con la que tapaba su nariz.
Una elegante e inexpresiva dama saludó al cliente don Justo del otro lado del escritorio. Se acabó el protocolo. El alcalde y juez bajó la taza y arqueó las cejas ante la imponente señora. No pudo ni responder al saludo, unos papeles lanzados ante él se lo impidieron. Malas noticias: su dinero se desvaneció.

El alcalde-juez saltó de su silla, temblando, barboteando frases que no llamaban tanto la atención como el rojo de su cara y las venas dilatadas en su frente. No hubo explicaciones. “Cosas de la economía”, le dijo la trajeada señora; “…de los mercados…”, alcanzó a matizar, pero don Justo no se resignó a la pérdida, como mucho tiempo antes lo habían hecho sus vecinos. No. Él gritó y soltó por su boca todo lo que se le ocurrió, al tiempo que se veía alejado de la dura ejecutiva. Entre dos uniformados, ahora con gestos menos amables, trasladaron al cliente, a rastras, por la suave alfombra roja. Lo último que pudo ver don Justo fue la cara de satisfacción de don Clemente, allá, en lo más alto del edificio. “Traidor”, musitó el cliente, otrora compinche y benefactor.

Abalanzado por la fuerza hacia la calle, mezclado entre la gente del pueblo más pobre, y, ahora como uno de ellos, don Justo lloró. Arrancó de su cuello la corbata y tiró lejos una irreconocible chaqueta. La gente continuaba con su vida, acostumbrados a ver clientes decepcionados, hasta el punto del suicidio, por causa del banco.

El alcalde-juez demoró más en situarse frente al banco que en maquinar y reaccionar: cambió el llanto por nuevas amenazas e insultos. Desde un improvisado atril, dio razones al pueblo para luchar juntos por la misma causa: destruir el imperio de don Clemente.

La nube del cielo parecía ahora más negra.

El pueblo más pobre salió, poco a poco, a las calles polvorientas; mirándose extrañados, sorprendidos, por comprobar que se trataba de don Justo, en un nuevo papel: el de redentor. El pueblo se fue armando de piedras y palos. La multitud reunida, escudada por el alcalde-juez, miró al edificio, con las armas en alto, sin perder de vista, eso sí, la ubicación del instigador.

Se desató la guerra: el pueblo contra objetos de valor incalculable. No hubo rival. Las cosas subieron de tono cuando se derramó sangre, la de una ejecutiva que se interpuso entre la gente y don Clemente. Quizá fue eso lo que lanzó de forma subrepticia la idea de hacer una hoguera.

Don Clemente fue capturado. Hasta en ese momento, el banquero explicó la situación económica del pueblo. “Todo ha sido en nombre del progreso”, dijo al ser atado en un madero con paja alrededor.

Don Justo, entre tanto, de cara a unos tímidos rayos de sol, recitaba sonriente los delitos por los cuales sería ajusticiado su rival. La muchedumbre, una vez dejaron bien asido al del dinero, se lanzaron sobre el alcalde-juez-redentor con pintas de guerrero, que recién había terminado de hacer de orador.

Ahora estaban ambos, don Justo y don Clemente, atados del mismo madero. Emprenderían unidos un viaje que los convertiría, de seguro, en una historia que sería contada entre mitos y realidades.

Sudorosos, exhaustos, maldecían, los dos, a los atrevidos que hacían presente al fuego en la plaza del pueblo más pobre.

Putas, chatarreros, limpiabotas, todos, aplaudían y acallaban las voces de los condenados. Aquellos empezarían a arder. Pero tan pronto como llegaba el fuego libertador, rozando a los viejos… se apagó. El tremendo aguacero que cayó de la nada salvó la vida de los dueños del pueblo, tal como ellos salvaron luego su amistad.

Visto lo visto, el pueblo más pobre, más pobre que antes, más pobre que nunca, sacrificó hasta vidas para construir un monumento en honor a lo más parecido a un milagro que presenciaron jamás. En él darían cabida a un nuevo vecino: el padre Modesto.

Un niño le preguntó a su madre: “¿Se habrán enojado en el cielo con nosotros?”. A lo que su madre, se limitó a contestar: “No estamos seguros, hijo, pero iremos preparando algo que arda más rápido que la paja”.

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