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Mendigo



El pistolero mató a todos en el Saloon. Cuando por fin terminó, lo esperaban afuera el Sheriff y su ayudante, armados, enterados de casi todo lo que ocurrió. Echó un vistazo hacia la barra y, dejando ahí un revólver que había tomado, alcanzó un vaso que ya estaba servido. Todo lo tenía que hacer con una mano, la izquierda, la única parte de su cuerpo que, esquelética y de un color preocupante, le respondía a la perfección. Se tomó su tiempo para beber, de un solo trago, un whisky quemante, adulterado. Al terminar, la botella que yacía detrás de la barra llamó su atención. Quedaba mucho más licor. En la dosis correcta, podría servir para apagar la pequeña llama de vida que le daba cuerda.
Arrojó el vaso contra la pared y cerró los ojos. Suspiró. Ya faltaba poco.

Lejos, en otro mundo, quedó su antigua vida. Cuando solo existía su familia. Su esposa, Estefanía —sobre todo ella—, permanecía fresca en la memoria. Como sueños, por la noche y por el día, venían mensajes, imágenes de aquella hambruna.  Fue lo que destruyó todo. Objetos y personas perecieron. Salió a la luz lo peor del ser humano.

Con un sobresalto, volvió a asir la vetusta Colt. Después de comprobar que solo quedaba una bala, frunció el ceño y se limitó a lanzar un escupitajo de sangre. El plan tenía que continuar. Ya quedaba solo la mitad.

¡Salga, Mendigo, acabemos con esto de una vez!”, gritó el Sheriff Lafuente. No observó ningún movimiento dentro del Saloon. El veterano oficial, en medio de un resoplido, miró de nuevo su elegante reloj.

Mendigo, con una ligera cojera, se condujo por en medio de los cuerpos sin vida de sus víctimas. Abrió las puertas para salir sin vacilación. El pueblo era un desierto. Solo pudo escuchar el lento caminar de sus pies.

¡Ya es nuestro, Sheriff!”, dijo el joven Marcial. El aludido, acomodó su sombrero y ajustó el pañuelo que traía atado al cuello. Le sobrevino un ataque de tos. El sudor de su frente parecía dificultarle la visión. Con todo, dejó que Mendigo se colocara en medio de la calle; “de todas formas”, dijo, “no tiene opción de escapar”. Sonrió y preparó su fusil Whinchester.  Se apeó de su caballo y, muy despacio, fue acercándose a la posición de Mendigo. “Quiero tenerlo de frente. Tú quédate aquí, Marcial”, pidió a su ayudante. El joven, barboteando frases inconexas, optó por callar y cumplir con lo solicitado. Lafuente dio unos pocos pasos, hasta que se giró, para ordenarle: “Confío en ti, muchacho. Si pasa algo, acércate y dispara”. Su ayudante, tras un par de segundos quieto, asintió.

La tierra crujía con la caminata de Lafuente. El plan de ambos se cruzaría.

Se acabó, Mendigo. El resto corre por mi cuenta”, fue lo último que dijo el Sheriff Lafuente. Sus ojos quedaron en blanco y cayó de bruces a pocos metros del pistolero, inmóvil en todo momento.
El ayudante de la ley quedó atónito. No podía creer lo que pasó. ¿Había muerto su jefe? Si era así, no quedaba nadie más, a parte de él, para hacerle frente a Mendigo. Temblando, bajó todo lo rápido que pudo de su caballo y, a pocos metros de la fatal escena, disparó en la dirección de Mendigo.
El famélico pistolero, con la mirada al suelo, seguía de pie, ajeno a todo lo que pasaba. El arma de Marcial había fallado. Solo reaccionó, levantando su arma, cuando se percató del joven ayudante, de rodillas, cerca del cuerpo del Sheriff.

¡Vete, o te mato aquí mismo!”, dijo Mendigo.

El ayudante, pálido, sacudió al Sheriff. No hubo respuesta. Su jefe, el hombre que ponía orden desde hacía treinta y tres años en el pueblo, estaba tendido en el suelo de forma inexplicable. Volvió la vista hacia el pistolero.

Disparó. Justo en la cabeza del ayudante. Una gran polvareda se levantó; al disiparse, el cuerpo del joven yacía en el suelo.

Mendigo quedó congelado. La mirada del joven, justo antes de morir, era la misma que tenía su esposa la última vez. Sus ojos transmitían incertidumbre, miedo… ¡horror! Estefanía y el joven supieron lo que les sucedería.

Cuando la escasez llegó a su pueblo, todos terminaron enfrentados por los pocos recursos que quedaban. Incluso ella, Estefanía, víctima de la locura, actuó en contra de los suyos cuando las cosas se complicaron. Mató a uno de sus dos hijos, el recién nacido. El rencor dinamitó todo lo demás: Mendigo la mató, y aun así no acalló su odio. Tuvo que devorar su corazón.

Ahora otro pueblo estaba también por fenecer. Mendigo miró al cielo, para luego comentar: “Deja que yo me haga cargo de tu ayudante. Era un joven muy especial”.

El Sheriff abrió los ojos. Se levantó y, sacudiéndose la ropa, respondió: “Como quieras, pistolero. Ahora lo importante es que podremos huir tranquilos con todo el dinero del póker”.

El acuerdo obtuvo los mejores resultados. Lafuente se deshizo de cualquier testigo que pudiera interferir en sus planes. Contratar a Mendigo fue solo la excusa que necesitaba para poner todo en marcha. El pistolero había hecho un trabajo increíblemente bueno.

Te espero aquí”, dijo Mendigo. El Sheriff trotó hasta el Saloon. Faltaba hacerse con el botín. Al entrar, paró en seco. Era extraño ver a todos boca abajo. Había, además, demasiada sangre como para haber utilizado solo balas. Pero el dinero tenía la prioridad. Recogió todo y, al salir, observó al pistolero junto al cadáver de su ayudante. Lafuente se acercó todo lo que pudo. Era el fin.

El tiempo se detuvo. Todo fue silencio. El Sheriff apuntó con su fusil al pistolero. Disparó. Mendigo se abalanzó sobre él, mostrando su dentadura ensangrentada. Fue tarde para huir de la emboscada.

Poseído, Mendigo atrapó a Lafuente, como hace un animal con su presa. Atendía el llamado de su naturaleza. Cayó el sombrero del pistolero, dejando expuesta su cabeza sin pelo, casi sin piel. Las órbitas de sus ojos eran cráteres profundos, ocupadas por la muerte. Su risotada se mezclaba con el sonido de sus dientes al masticar. Los ojos del viejo querían explotar cuando sintió el crujido de su esternón. Se rompía ante la mano de Mendigo. Forcejeando, alcanzó a mirar lo que quedaba de su ayudante. Le faltaba el corazón. La leyenda era cierta. El cruel monstruo del que hablaban los indios algonquinos existía. Solo pudo gritar: “¡Wendigo!”.

Consciente del estado del oficial, Wendigo inquirió: “¿Dónde está el niño que compró tu familia?… Mi hijo mayor”.

Con el último aliento de vida, el Sheriff se envalentonó.

— Búscame en el infierno, maldito demonio, y te lo diré.

— Que así sea.



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