Ir al contenido principal

N.M.C.: No More Comunication

Será un día difícil de olvidar. Comenzó como casi todos. Apenas hacía unos veinte minutos que había empezado a escribir en el ordenador. Estaba escuchando Dancing in the Dark en una magistral interpretación en vivo de Bruce Springsteen. De fondo, decidí poner el sonido ambiente de las noticias matinales. Siempre trabajo con ese tipo de combinación. Redacción, música, y televisión. Paradojas de la vida: escribía sobre lo sano de tener una rutina.

Entonces mis auriculares dejaron de funcionar. Minimicé la ventana de mi trabajo. Sentí que no podía avanzar con la incertidumbre sobre el paradero de la voz de Springsteen. Busqué la música, a la vez que desaparecía la voz del presentador de noticias en la televisión. Quedamos cubiertos de sonido blanco. En mi equipo, todo parecía en orden. Los vídeos continuaban, tenía internet, los auriculares estaban bien conectados. Tomé el mando de la TV y cambié de canal. Nada. El audio de los aparatos había muerto. Algo raro sucedía…

Claudia, mi esposa, pasó con nuestra hija por el salón. La llevaba de la mano, recién vestida. “Solo me queda peinarla”, me dijo Claudia. En un rato tendría que llevarla yo al colegio. “No quiero ir”, alcancé a escuchar decir a Sofía. Claudia, por su parte, seguro me notó raro. Me preguntó si sucedía algo. Después de comentarle por encima, me pidió que esperase dos minutos hasta terminar de preparar a Sofía; se había encerrado en su habitación. Mientras, probé con otros vídeos y audios de internet. Todos carecían de sonido. Pensaba en lo extraño de todo el asunto cuando Claudia se sentó a mi lado. Ella entiende mejor de ordenadores y tecnología. Me dio un beso y farfulló: “las maneras tan graciosas con las que te complicas la vida”. Revisó mi ordenador. Obtuvo el mismo resultado que yo. Encendió su portátil. Buscó uno de los vídeos que estaba viendo yo. En efecto, tampoco iba el sonido. “Podría tratarse de un bloqueo por licencias”, me dijo. Esa teoría se cayó al ver otros vídeos y audios, como le sugerí. Todo lo que encontrábamos por la red padecía el mismo trastorno. Internet quedó en silencio.




Sofía aprovechó nuestro descuido para quitarse la ropa y meterse en nuestra cama. Ver los dibujos animados de la tele, sin voz, la desanimó. El tiempo pasaba. Teníamos que seguir con nuestro día. Repetimos el ritual de alistarla. Apurados, salimos rumbo al colegio.

Apenas cruzando el umbral de la puerta de casa, nos topamos con un vecino. Comentó lo que alcanzó a oír en las noticias. Un virus circulaba por internet. Los autores, desconocidos hasta ese momento, lo habían denominado “NMC”, no more comunication. Según las primeras investigaciones, dijo este vecino, infectaba a todo dispositivo que intentase reproducir cualquier audio o vídeo y que estuviese conectado a la red. Anulaba por completo la reproducción de sonido alguno en el equipo. Se trataba de un virus muy poderoso, capaz de dejar en silencio a todo el planeta en cuestión de horas.

Subí al coche con mi hija y partimos hacia su primer día de clases. Fuimos en silencio todo el camino. Ya no funcionaba ninguna emisora. Tampoco el reproductor de CDs. Parecía que, por el simple hecho de utilizar algún tipo de sistema de navegación, los aparatos de audio dejaban de funcionar. No podía dejar de pensar en las repercusiones que podía tener aquel virus para todo el sistema de vida de un ser humano moderno.

Al llegar al colegio de Sofía, los comentarios iban en torno al mismo tema. Cada persona había tenido acceso a novedades a través de las redes sociales y mensajería de texto, las únicas supervivientes en esta curiosa situación. Se hablaba de terroristas, de la tercera guerra mundial, de otros virus que terminarían por colapsar cualquier vía de comunicación restante. La gente empezaba a mostrarse más preocupada.

El personal docente del colegio intentó tomarse todo con más calma. Nos recordaron velar, ante todo, por la tranquilidad de nuestros hijos. En verdad, hasta entonces, no caí en cuenta. Estaba pisando el colegio  para dejar a Sofía en un entorno nuevo para ella. La abracé y le di un beso, asegurándole que todo estaba bien. Ella me sonrió y asintió.

Enseguida, reunieron a los niños para empezar a jugar. Era la única tarea para ese día. Así lo habían planeado y, ahora con mayor razón, dedicarían el tiempo a actividades lúdicas. Era complicado, aun así, convencer a algunos chicos sobre la tranquilidad en el mundo exterior. Muchos padres intentaban mantenerse informados. Cada noticia revelaba un detalle más perturbador.

Sofía se mostraba contenta. Se hizo, en medio de alguna dificultad, con un grupo de amigos. Saltaban, corrían, se tiraban una pelota. No paraban de reír. Presenciar aquella escena tranquilizaba. Era esperanzador. Solo pude suspirar, justo antes de percatarme de la conversación que mantenía un grupo de padres a mis espaldas. “A estas horas, el mundo es un caos”, dijo uno. Comentaban sobre el peligro que significaba, para la seguridad de un país, quedarse incomunicado. Quedábamos expuestos a cualquier tipo de ataque. Decidí no hacer mías las conclusiones ajenas. Saqué mi móvil y busqué noticias. Tenía que verlo yo mismo. Se me revolvió el estómago cuando no pude encenderlo. Mi móvil estaba muerto. Los demás quisieron verificar la situación de sus dispositivos. También estaban afectados. Ese maldito virus se hacía más fuerte.

— Señores padres de familia —dijo el director del centro, fatigado después de haber venido corriendo—. Alcancé a comunicarme con la Generalitat. Recomiendan suspender las clases. Estamos en un momento muy delicado con el tema comunicaciones. Si necesitásemos llamar por alguna urgencia, lo tendríamos muy difícil.

Sin decir nada más, nos apresuramos a recoger a los niños. Hice señas a mi hija para que viniese conmigo. La subí al coche. La cabeza me daba vueltas. Ese lunes lo tenía libre, pero al día siguiente se suponía que tenía que ir a trabajar. Cubrir todo lo que sucedía sería una auténtica locura. En ese momento del día, hasta dudé sobre si existiría un mañana.




Llegamos a casa. Sofía fue directa a su mesa de juegos. Dijo querer dibujar. En su trayecto, se saludó con su madre. “Al final, también tengo el día libre”, comentó, mientras abrazaba a nuestra niña. La llenó de besos en el rostro. La niña insistía en querer jugar. Claudia sonrió, al tiempo que secaba algunas lágrimas. Se incorporó, dejando que la pequeña siguiese su camino hacia su zona de juegos. Claudia vino hacia mí. Apretaba los labios con fuerza. Solo levantó los brazos, me abrazó.

— No hay buenas noticias —dijo.
— ¿Qué dijeron? ¿Dónde lo has visto? —me apresuré a preguntarle.
— Lo único que funciona son un par de cadenas de televisión, y algunas redes sociales en el ordenador de mesa. Nada más… dicen que cada país, cada ciudad, cada barrio, está aislado.

»Están advirtiendo sobre nuestra incapacidad para hacerle frente a este panorama. Y estoy de acuerdo. ¿Sabes que hay ciudades donde la población está saliendo a las calles? Creen que todo esto es culpa del gobierno.

»Somos muy vulnerables. Existe tanta confusión por todas partes… Tal vez lo mejor sea quedarnos aquí encerrados. Salir solo si es por una necesidad extrema.

No encontré palabras para tranquilizar a Claudia. Decidí abrazarla por un largo rato. Ambos teníamos un ligero temblor. Fui incapaz de controlar mis escalofríos.

— Dicen que estábamos muy acostumbrados a ese tipo de comunicación —susurró, mi esposa.

Observamos a Sofía. De todo el mundo que conozco, es la que mejor se había tomado todo este asunto. Claudia y yo nos acercamos para ver cómo jugaba. Tarareaba la melodía de Dancing in the Dark, mientras dibujaba y pintaba. Se percató de nuestra presencia. Nos miró y sonrió.

— ¿Por qué todo está en silencio, papá? —inquirió, tocándose el implante coclear—. ¿O mis casquitos se estropearon?
— No, cariño —le respondí. Aparté con cuidado sus manos del implante—. Tus cascos están bien. Es el mundo que se hace viejo. Pero las niñas como tú son de mucha ayuda, ¿sabes? El mundo va a necesitar aprender a bailar en silencio.

Sofía lanzó una carcajada. Se puso a bailar, ¡a bailar! Continuó así un buen rato. Siempre con el ritmo de su melodía favorita en la boca. Dejó apartado el dibujo que había hecho. Me asomé a ver de qué se trataba. Era un sol en el horizonte. Me recordó mi infancia. Un tiempo anterior, tal vez antiguo. Y cosa curiosa: pensé en el tiempo libre que tendríamos, y me dieron ganas de dibujar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Fortuny

— Fortuny… Fortuny… Fortuny… — ¿Dónde estoy? — Estás muerto, Fortuny. — No puede ser. Siempre dices eso, pero luego despierto. — Despiertas, pero estás muerto, Fortuny. — Deja de decir eso, por favor. Quiero morir, pero no sé la manera en que… — Tranquilo, Fortuny. Tú ya estás muerto. — ¿Por qué no hablas claro, hombre serpiente? ¿Qué quieres de mí? Por favor, dímelo. — Cuando pase, lo sabrás. — No puedo vivir así, hombre serpiente… — Tranquilo, Fortuny. Tú ya estás muerto. Solo falta matar al campeón.
Trajeron a Aaron Fortuny hace tres días. Una ONG buscaba un geriátrico de confianza donde pudieran atender al ex boxeador. Ya no podía valerse solo y nadie tenía registro alguno de ningún pariente cercano. Su deterioro psíquico, para sus sesenta y nueve años, estaba muy avanzado. Mostraba cambios de humor constantes. Problemas de memoria a corto plazo. Parecía estar siempre confuso. La demencia marcaba el paso. Sin embargo, su estado físico era envidiable. Agredió a un par de enfermeros; antes, ta…

LE•MAT

Era el año 2007 cuando quise colaborar en mi propia muerte. La conocí por internet. Resultó que estaba loca. Desde España, su país natal, me habló de magia, simbolismo, alquimia, tarot. Algo pasa, supongo, cuando consiguen despertar tu curiosidad. Terminaba de graduarme como médico. Quería estar con ella. Lo sabía. Abandoné la casa de mis padres, mi empleo, mi país. Sin tener un plan, como todo el mundo me aconsejaba, me lancé a la aventura. Empezó un largo viaje. Pensaba que el mundo me proveería de lo necesario para vivir. Me sentí poseído por un loco, lo confieso. Un loco poderoso. Pero estoy de vuelta. “Buen día, doctorcito”, dice Doña Delia, una de las pacientes que atiendo en una pequeña Consulta. Sigo pensando, tal vez tenga que cerrar el próximo año. Los impuestos en mi país subirán de nuevo. “Tengo” que cobrar ciertas tarifas, para ser competitivo, y están lejos de servir para hacerme con nuevos gastos. Volveré —es muy seguro— a trabajar a domicilio, y hasta en la calle. En …