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Fortuny

— Fortuny… Fortuny… Fortuny…
— ¿Dónde estoy?
— Estás muerto, Fortuny.
— No puede ser. Siempre dices eso, pero luego despierto.
— Despiertas, pero estás muerto, Fortuny.
— Deja de decir eso, por favor. Quiero morir, pero no sé la manera en que…
— Tranquilo, Fortuny. Tú ya estás muerto.
— ¿Por qué no hablas claro, hombre serpiente? ¿Qué quieres de mí? Por favor, dímelo.
— Cuando pase, lo sabrás.
— No puedo vivir así, hombre serpiente…
— Tranquilo, Fortuny. Tú ya estás muerto. Solo falta matar al campeón.

Trajeron a Aaron Fortuny hace tres días. Una ONG buscaba un geriátrico de confianza donde pudieran atender al ex boxeador. Ya no podía valerse solo y nadie tenía registro alguno de ningún pariente cercano. Su deterioro psíquico, para sus sesenta y nueve años, estaba muy avanzado. Mostraba cambios de humor constantes. Problemas de memoria a corto plazo. Parecía estar siempre confuso. La demencia marcaba el paso. Sin embargo, su estado físico era envidiable. Agredió a un par de enfermeros; antes, tan siquiera, de que estos pudiesen tenerlo cerca. Les golpeó directo en el rostro, con una fuerza y una certeza jamás vista en un hombre de su edad; al menos, no en este centro. Salió corriendo por los pasillos de la planta, hasta llegar a la zona de cocina y hacerse con un cuchillo. Ahora, amenazaba con matarse si nos acercábamos a él.
— ¡Nadie puede ayudarme, doctor! —me gritó—. Tendrían que haber dejado que me pudriera en la calle.
Continuó maldiciendo, mostrando cómo iba en serio con lo de herirse de muerte. Un leve corte en su cuello, justo debajo de una de sus orejas, dejaba ver algo de sangre.
— Antes, en su habitación, mencionó a un hombre serpiente —le dije—. ¿Podría hablarme de eso?
Aaron se detuvo en seco. Sin apartar el arma blanca de su cuello, cerró los ojos y respiró agitado. Continué hablándole. Le decía lo bien que le vendría charlar de eso con alguien. Entonces me interrumpió.
— El hombre serpiente viene siempre que duermo…
— ¿Desde siempre, Aaron?
— No, no siempre estuvo allí… Nadie sabe toda la historia.
— Pues cuéntemela, Aaron. Por favor.
Se hizo un silencio. El paciente miró al s uelo, asintiendo.
— Está bien —dijo, con tono hosco—, voy a contártelo todo. Tal vez, así…
Bajó el cuchillo, haciéndonos señas para que no nos acercásemos demasiado a él. Aceptamos la condición, mientras lo invitábamos a tomar asiento en la zona del comedor. Pedí que nos trajeran algo de beber. Aaron pidió un americano. Yo opté por acompañarlo.
— Fue en 1971 —empezó—. Seguro que tú no habías nacido. ¿O sería en 1972? Da igual. El día sí que lo recuerdo. Fue el 24 de junio. Enfrentaba por tercera vez a Roberto Valdez. Era la pelea por el título. Sí, después de ese día empezaron mis pesadillas con el hombre serpiente.
Me puse cómodo. Le pedí los detalles de su historia. Confesé que no tenía ninguna noción de ese mundo. Para mí, el boxeo era un tema lejano por completo.
— Bien —continuó, crujiendo el cuello a un lado y al otro. El sonido que provocó en su cuerpo, dibujó en mi mente cómo se acomodaba él mismo las vértebras cervicales. Lo imaginé preparándose para otro combate—. Roberto y yo empezamos muy jóvenes en el boxeo. Nunca llegué a conocer tanto a un rival. Había iniciado su carrera enfrentándose a Héctor Balcázar, en la división de 175 libras. Con Arthur Smith, Tatsuya Makunouchi, Willy Hurtado. Todos ellos lo vencieron. Lo bajaron entonces a la división de 160 libras, donde todavía tenía problemas. No le correspondía tampoco esa división. Solo entonces, lo bajaron a su “peso natural”: la división de 147 libras. Ahí logró destacar de inmediato. Obtuvo enseguida una oportunidad contra el “rey” en aquel momento, Fred Allen, y lo derrotó, coronándose campeón.
»Tuvo peleas con una frecuencia exagerada. Él, como otros chicos de su país, buscó ganarse la vida boxeando. Pero su manager, toda la gente que tenía detrás, igual que todos en ese negocio, ¡son una mafia! Solo ven en nosotros máquinas de hacer dinero, ¿entiendes?
»Soportó auténticas palizas.
»Yo, en cambio, llegué a ponerme guantes de pura casualidad. Trabajaba en una fábrica un verano muy caluroso. Cargaba cajas todo el día. Llegaba a molestarme hasta la piel. Fue así que le pedí a mi jefe si podía trabajar sin camiseta. Esa tontería traería un cambio a mi vida.
»Cuando se dieron cuenta de mi estado físico, de mi musculatura, creyeron que era un desperdicio echarme a perder como ayudante de bodega, cargando bultos. Mi jefe me hizo llamar y me propuso entrenar en el gimnasio de la capital, manejado por un viejo conocido suyo. El resto, de ahí en más, es historia.
»Lo tenía todo: condición física, técnica, la gente que me rodeaba me apoyaba. Pero el mundo exterior tenía un problema conmigo: yo quería ser Aaron Fortuny… Soy homosexual, ¿entiendes? Vivir siendo lo que en verdad soy era imposible. Hacer una vida como la de cualquier otro, en mi caso, habría sido lo más parecido a un suicidio. Nadie quería ver a un gay negro en el ring. Fue muy difícil guardar ese secreto a la prensa, a la comunidad pugilística en general. Me sentía perseguido en muchas de las ocasiones. Todo se fastidió desde el incidente con Roberto Valdez en el pesaje. Esto ocurrió antes de nuestro tercer y último enfrentamiento. ¿Tienes tiempo para que te lo cuente todo ahora?
— Sí, por favor —me limité a responder.
Vi que ya había terminado el café que le habían dado. Aproveché la pausa para ofrecerle un poco más. Aceptó, así que repetimos bebida. Se terminó la segunda taza de una sola sentada, emitiendo ciertos quejidos. Después, tosió unas cuantas veces antes de poder continuar con su relato. Todo lo hacía con el cuchillo de cocina en la mano izquierda.
— Como dije, doctor, era ya la tercera vez que nos veíamos las caras. Él era el campeón en nuestro primer enfrentamiento, en 1961. Era abril, me parece. Lo noqueé en el trigésimo asalto. Pero en septiembre, recuperó el campeonato después de pelear los quince asaltos. Me lo robaron. Todos lo sabían. Pienso que ahí empezaron a meter mano para que nos odiásemos. Les funcionó, porque nos insultábamos de forma sincera. Lo que nos decíamos, era el reflejo de lo que sentíamos. No había nada de “teatro” en nuestras palabras. Por eso, cuando en el pesaje se acercó, y me llamó “maricón” frente a toda la prensa, no pude hacer más que buscar venganza.
»Hasta ese día yo intentaba hacer mi vida normal, con todo lo que ello significa, ¿entiendes? Desde ese pesaje, mi vida fue un infierno. Los periodistas, al ver que me incomodé, hurgaron y sacaron a la luz muchas cosas de mi vida privada. Lo suficiente como para acabarme. La gente me escupía en la calle. Me llamaban de todo. Decían que era un degenerado. ¡Tenía una familia! Se atrevieron a destruirla... Así terminé por alejarme de lo que más quería…

Fortuny detuvo su relato. Bajó la mirada y escupió a un lado, sin ningún reparo, mientras sacaba un pañuelo de uno de los bolsillos de su pantalón. Carraspeaba. Se le había secado la garganta. Pidió que le trajeran un zumo natural de naranja. Cuando vio llegar el vaso, pareció recuperar la tranquilidad esquiva.
Yo miré a mí alrededor. Los trabajadores del centro nos rodeaban. Los guardias de seguridad, sobretodo, estaban listos para saltar sobre Fortuny si era necesario. Hice ademanes para que se fueran. Con rostros preocupados, accedieron a alejarse un poco más de la escena. Tenía la seguridad de que aquello ayudaría a relajar el ánimo del paciente.
— ¿Cómo fue la pelea? —pregunté, cuando me pareció verlo más sereno.

— Brutal. Ambos teníamos una fortaleza física impresionante. Pegábamos igual de fuerte con cualquier mano. Recibíamos tanto castigo como el que éramos capaces de dar. Todo ello les encantaba a los que llevaban el negocio. Son una mafia, te lo he dicho ya, ¿no?
»Supongo que eso siempre seguirá siendo así. El dinero le da cuerda a este podrido mundo. Y a la gente le gusta presenciar esos actos. Aquella noche el recinto estaba tan lleno… Cuando me asomé a ver el ambiente que había, sentí escalofríos. Siempre tuve vergüenza de decir algo que sentí en ese momento, ¡pero qué me lleve el diablo!: tuve un mal presentimiento. La gente quería ver que nos matásemos. ¡Ellos querían nuestra sangre! Pagaron por vernos luchar hasta la muerte. Era como un aroma que flotaba en el ambiente. Nunca escuché tantas veces hablar de sangre, de muerte, de violencia. Por eso digo que flotaba en el ambiente, ¿entiendes?
»De la pelea, recuerdo que yo llevaba la iniciativa, como era lógico. Yo quería el título. Acosaba a Valdez. Estaba seguro que la cosa terminaría antes del décimo asalto. Así lo había hablado con mi gente. Creía en mí. Hasta el sexto asalto. En ese sexto asalto me sorprendió. Fue increíble. Valdez sangraba por la nariz. Podía escuchar cómo le costaba respirar. Peleaba con la boca entreabierta para no ahogarse. Había conseguido que casi todo su rostro estuviese inflamado. Una de sus cejas estaba cortada. ¿Sabes lo que es intentar ver con sangre y sudor metiéndose en tus ojos? ¡Tenían que haber tirado la toalla!
»Maldito sexto asalto. Justo cuando yo iba mejor… Me hizo caer.

Aaron Fortuny empezó a sonreír en este punto. Era la primera vez que lo hacía desde que lo conocí. Sin decir nada, solo se dedicó a observar sus manos. Las tenía llenas de pequeñas y grandes deformaciones. Tan solo los pulgares parecían estar en buen estado. El resto estaban torcidos, apenas capaces de flexionarse. El paciente, Aaron Fortuny, estudiaba sus manos como si no se las hubiese visto nunca. Suspiró y, tomando el cuchillo con fuerza, se hizo una pequeña herida en la palma. Retomó su historia, ignorando por completo mis palabras para que no se lastimase.
— ¿Sabes por qué me afectó tanto el insulto de Roberto Valdez el día del pesaje?, —inquirió, colocando la herida fresca a la altura de mi rostro, muy cerca—. Éramos pareja. Hasta la noche anterior, teníamos un pacto de amor. Un pacto tan puro como esta sangre que desea el hombre serpiente. Roberto quería una pelea en el ring cierta. Verdadera ciento por ciento. Roberto Valdez no jugaba cuando se trataba de boxeo. Buscó la forma para que yo le diese el mejor combate…
» ¿Eres supersticioso, doctor? —preguntó, al tiempo que dibujaba algo en la mesa con su sangre—. Creo que el número seis tiene algo. Como si fuera el punto de inicio para una gran destrucción.
»Recuerdo estar tendido en la lona. Intentaba comprender cómo pudo hacerme eso. En sus condiciones. Me levanté cuando la cuenta llegó a ocho. La sensación de mareo era horrible. Solo quería volver a mi esquina y hacer cualquier cosa para quitarme las arcadas. El destello de las luces, el ruido causado por la gente, el olor a sudor y sangre, todo me causaba asco. Sentir el tacto del agua fría calmó mi malestar físico. Mi cuerpo era un bulto para mí. Como un saco sangrante, repleto de porquería maleable a cualquier tipo de golpe. Estaba divido en dos: por fuera, era solo la carne y los huesos; por dentro, el ser humano que no entendía por qué formaba parte de un ritual tan animal.
»El séptimo asalto fue de él. Yo solo intentaba recuperarme del miedo. Veía a Roberto,  parecía enorme, invencible. No pude acabar con esa sensación de temor, doctor. No pude hacerlo por el resto de la pelea, ni de toda mi maldita vida.
»Llegamos al que sería el último asalto. El número doce. Forcejeábamos, más que intercambiar golpes. Sabíamos que un descuido daría la victoria al rival. En ese punto, se trataba de aprovechar pequeñas ventajas. En esto, doctor, el boxeo se parece a la vida de este mundo civilizado, ¿entiendes?
»Entonces sucedió. Valdez se movía cada vez más despacio. Con mi último gramo de energía, decidí que intentaría acosarlo. Tenía que presionarlo mentalmente. ¡Y funcionó! Llegó a una de las esquinas del ring. No sé cómo, después de un pequeño traspié, se enredó con un brazo en las cuerdas. Cogí todo el aire que era capaz. Empujé mi cuerpo hacia adelante. Y empecé a tirar golpes. Combiné ambas manos. Pensé que ya no habría un después en esa pelea… Solo recuerdo que la cabeza de Valdez se dejó colgar fuera del ring, por encima de una cuerda. El brazo con el que se enredó, ayudó a que se sostuviese de pie. Ya estaba inconsciente. Conecté entre veinte y veintiséis veces a la cabeza de Valdez. Casi veinte golpes en siete segundos. Los he contado viendo la televisión.
»El réferi decidió entonces detener la pelea. Cuando ya no se podía hacer nada por Roberto.
»Me apartaron de él. Lo acostaron, apurados porque Roberto no despertaba. Un montón de sujetos intentaba de cualquier forma reanimarlo. Empujé a todos para poder verlo. En lugar de eso, colocaron el cinturón del título en mi cintura. Sentía los oídos como si estuviese en el fondo de un pozo lleno de agua. La gente gritaba más fuerte que nunca. No me parece que estaban asustados, ni entristecidos. Eran gritos de euforia, ¿entiendes? ¡Estaban felices! Obtuvieron lo que habían ido buscando. Solo pude vomitar y caer desmayado.
»Minutos más tarde, ya era noticia a nivel nacional: Aaron Fortuny había matado a Roberto Valdez.

Volvió el silencio. Esta vez, la mirada del boxeador apuntaba a la nada. No sabía qué decirle, o qué hacer. Me quedé con una ausencia total de cualquier pensamiento. Preferí acompañarlo en su pausa.
Después de un hondo suspiro, Fortuny dijo no tener más sed. Se puso de pie y tiró de un golpe lo que restaba de las bebidas. Volvió a colocarse el cuchillo en la garganta y, con un pulso sereno, se cortó el cuello. No podía creerlo. Una vez en el suelo, a su lado, grité pidiendo ayuda. Todos nos apuramos en intentar hacer algo. El corte era profundo.
Con los ojos llenos de lágrimas, y una sonrisa, Aaron Fortuny me susurró:
— Tranquilo, chico. Hago caso al hombre serpiente… Solo faltaba matar al campeón.


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