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Inventario fatal


En la etapa final de este viaje, soñé con una extraña serpiente roja.

Te hablaré pronto, no tienes mucho tiempo, me dijo, envolviéndome de forma sutil pero efectiva.

Te gusta ir sin peinar; comer con las manos; el sexo estruendoso; el sudor de tu cuerpo; ese dolorcito enorgullecedor en el esfínter cuando interrumpes, a propósito, la micción; la risa desacompasada de una mujer; el “crack” de la transmisión de tu coche al meter la marcha atrás; el tenue vacío de una habitación recién arreglada; la desajustada piel suave de tus propias manos; el áspero tacto del dinero; gritar cuando ganas, sentenció.

Yo la miraba, intentando comprender algo de lo que había dicho, si estaba errada o no.

Cumplo con mi trabajo, continuó. No te gusta ver enfermos; hablar con tus padres; jugar con niños; el llanto de un bebé; tener jefes; el reggaetón; las fiestas familiares; la jornada de ocho horas; el sueldo básico; pagar más, si puedes pagar menos; ser sincero.

Me sentí débil. Miré a mi alrededor. Allí se encontraban todos los que me conocían, o que alguna vez me habían conocido.

La serpiente me había delatado.

¡¿Eres humano?!, preguntó en voz alta la gran serpiente roja. Y me sujetó con fuerza, como intentando captar mi atención a toda costa. ¿Cómo explicas el que nunca hayas participado en una orgía; en un ritual con sacrificios; un asesinato; un robo; salido en televisión vendiendo a alguien; saltado en paracaídas; contraído una ETS; participado en un concurso de atracones; montado un canal de Youtube; peleado por Facebook o Twitter; ido a un concierto multitudinario; hecho la primera comunión; o, por lo menos, padecido un coma etílico?

Toda la gente me seguía observando. Murmuraban. Yo solo intentaba no vomitar. Sentía que mi  estómago estaba siendo muy comprimido.

¡Ya basta!, gritó la serpiente, acallando a todos.

La sentencia está dada, concluyó, para luego dejarme caer.

Ya en el suelo, dolorido, solo pude atinar a sentir como todos se alejaban, incluida la serpiente roja.

Es demasiado tarde para conocerte a ti mismo, dijo, alejándose.

¡¿Qué puedo hacer?!, pregunté, estirando mis manos para sujetar el halo que despedía el gran reptil.

Luego se giró, cuando pareció estar segura de que su voz se escucharía muy lejana.

Solo te queda donar tu cuerpo a la ciencia.


Así lo hice.

Se acabó el viaje.


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