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Rigor mortis


En mi pueblo, siempre nos hemos enorgullecido de ser fuertes y brutos. Hasta tenemos la comunidad más numerosa de terraplanistas. Pero aquello cayó en la locura hace tres meses, cuando en medio de una reunión familiar, a todo el mundo le dio por consultar algo llamado wikifedia.

Estaban todos mis hijos. Había olvidado ya la última vez que los vi reunidos a todos. Ese día era especial. Yo me sentía morir. De hecho, fui muriendo con el paso de las horas.

— Fue un hombre muy especial —repetían a uno y al otro lado de mi cama.

Yo, con los ojos cerrados, respirando lo justo, para no soltarme de este mundo, entré en un limbo donde solo me quedaba dar el último paso para irme al otro barrio.

— ¡Se ha muerto! —gritó uno de mis yernos. El marido de mi hija mayor.

¡Será hijoputa!,  pensé.

— Lo mejor será darse prisa con el testamento —añadió mi hijo Braulio.

Mentiría si dijera que no me acordé de su madre, para mal. Perdóname, Marujita.

— No estamos seguros de su muerte —dijo mi hija menor—. Hay que comprobarlo. A falta de médicos en la familia y en el pueblo, hagámoslo nosotros mismos.

Habían pasado tres horas, según dijeron.

Por fin, se acercó ella misma y me examinó. Intentó flexionar mi brazo.

— Debería empezar a costar trabajo hacerle esto.

Así lo hice.

— ¡Se está empezando a poner tieso! ¡Es una buena señal!

Abrieron entonces la puerta y dieron entrada a un sujeto al que todos trataban de “su señoría”. Cuando empezó a felicitarlos, identifiqué su voz. Era mi abogado. Estaban listos para dar lectura al testamento. Hasta descorcharon un par de botellas.

Se regocijaron todos en lo que les iba tocando. A mí me costaba digerir tantas risas y aplausos.

— Es todo señores. Si me hacen ustedes el favor, me envían los papeles firmados cuando hayan hecho constatar en la capital la defunción de vuestro señor padre.

— ¡Eso ya está listo! —se adelantó el esposo de mi hija mayor—. Las ventajas de tener amigos en la capital.

Habían pasado unas 12 horas, por lo menos. Iba a saltar de mi cama, cuando una voz me detuvo. Era mi hijo pequeño, Manolito.

— Yo necesito mayor tranquilidad. Quisiera también hacerle eso del brazo, porque según leo en la wikifedia, ahora debería estar más tieso.

Sentí entonces el tacto de sus pegajosas manos. Me puse más duro que antes. Quería ver hasta donde eran capaces de llegar.

— Bueno, yo habiendo tocado al papá así, ya puedo firmar.

Todos suspiraron. Mis vísceras querían revolucionarse. Pero la ira era más poderosa. Aguanta, me dije, y se acordarán de ti el resto de sus miserables vidas.

Amanecía ya, cuando se acercó mi hija mayor, borracha.

— Ha sido una velada estupenda, papá. Solo tú podías reunir a la familia así de bien. Pero la mejor parte, el tenerte calladito, sin criticar ninguna de nuestras vidas.

Entonces me desmoroné.

ataud vacioLos más grandes de mis nietos se acercaron, entre murmuraciones.

— Yo también quiero probar a hacerle eso del brazo. Papá dice que si ya está poniéndose flácido, lo llevaremos a enterrar.

Y probó la dureza de mi brazo.

Y yo accedí a la brutalidad familiar.
Me metieron en una caja, y me llevaron a algún lugar. Supuse desde el principio que irrespetarían mi última voluntad. Por ahorrarse unos duros.

Pero cuando estaban dando sus últimas palabras, arremetí contra el maldito envoltorio. Meado, cagado, sudado, y cabreado, los mandé a todos al carajo.

Desde entonces mi testamento ya no conoce de familia, a mi manera. Le entrego todo mi dinero a una puta que se llama Lola, y a un maricón que nos filma, para no sé qué cosa de una página del internés.

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