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Manos


Desperté un día más en el laberinto. Tenía un fuerte dolor en mi mano izquierda. Al verla, comprobé lo que ya sospechaba: le faltaba un trozo. Me había quedado sin dedo índice, y una parte de la palma. Sumado a la ausencia de mis meñiques, el aspecto de mis manos me provocó ganas de llorar.

De pie, junto a mí, estaba el viejo sabio de papel maché que guiaba a unos cuantos como yo. Masticaba algo con fruición, mientras ponía velas negras en un altar. Al notar que me levantaba, suspendió su ritual y me preguntó si ya había recordado para qué eran mis manos. Le respondí que no.

Pues entonces, farfulló el viejo, sin dejar de masticar, tendrás que continuar conmigo en el laberinto. Te vendrá bien seguir ayudándome durante el día, haciendo trabajos ridículos, exigentes, muchos de ellos sin sentido, innecesariamente peligrosos, y hasta humillantes.

¿Con qué objetivo?, pregunté.

Tendrás que ganarte la vida, respondió el viejo de papel maché.

No puedes perder el tiempo intentando salir de este lugar. Tú solo preocúpate por sobrevivir.

¡A trabajar!

Cuando terminó otro día sin sentido, en alguna parte del gran laberinto, nos volvimos a reunir el viejo sabio de papel maché y yo.

Exhausto, me recosté junto a uno de los arbustos que formaban parte de las grandes paredes de aquel laberinto. El viejo se sentó a mi lado, sonriente.

Esfuérzate esta noche por recordar para qué sirven tus manos, alcancé a escuchar que dijo, antes de perder el conocimiento.

Al despertar, me faltaba el pulgar de la mano derecha. El viejo de papel maché se apuró en empujar algo dentro de su boca y continuó masticando.

Juraría que era mi dedo pulgar.

¿Has recordado para qué sirven tus manos, amigo Fisio?, preguntó con la boca llena.

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