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Reseñando Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett... y algo más


Hace tres semanas, fui a devolver un libro en la biblioteca. El sitio estaba lleno de estudiantes, y algún que otro abuelo echando la tarde con las noticias del día. Al acercarme a la bibliotecaria para hacer mi trámite, me fijé en que habían pegado un cartel nuevo junto a la mesa de recepción. Comunicaba el inicio de un nuevo ciclo de actividades del club de lectura de la biblioteca. Nunca había participado en ninguno, así que, además de devolver un libro, me inscribí en ese club.

La siguiente noche recibí un correo, era de la profesora encargada en dirigir el club. Me pasó la lista de libros que iban a leer este curso, haciendo hincapié en que empezarían por Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett. Pero hay un problema, decía ella, no hay suficientes libros para todos los miembros del club. Finalizaba el mensaje, prometiendo hacer un pedido extra de libros, para que todos pudiésemos leerlo con tiempo.

Cuando hice una breve investigación sobre el libro, quise hacer lo necesario para tenerlo en propiedad. Había descubierto una obra muy humana, como pocas, donde se relata las vivencias de la autora  con el suicidio de su hijo.

Pasó ese fin de semana, desde que hice el pedido en la librería donde suelo comprar últimamente todos mis libros. Luego, me puse con las ciento treinta y una páginas de este texto. Se lee muy rápido —y no soy de los que lee muy rápido—. Disfruté con que la escritora no cayese en sentimentalismos, ni el excesivo deseo de revancha contra los psiquiatras y psicólogos que trataron a su hijo, aunque no le faltaban motivos. El apoyo de cuentos y poemas facilitaron la empatía hacia ella para quienes no podemos llegar a imaginar lo que debe sentir una madre al perder a su hijo. Y aún después de leer el libro, me sigue costando imaginar del todo esa situación.

Resulta interesante ver un poco más claro la presión para que todos los que habitamos este mundo seamos exitosos.  

Del que podríamos decir que es el tema principal de esta obra, el suicidio, siempre había escuchado que era una decisión tomada por cobardía. De hecho, al empezar a leer Lo que no tiene nombre, ese planteamiento se iba asentando más, hasta que llegué al evento del día 14 de mayo del 2011, cuando Daniel Segura Bonnett se quitó la vida.

Días después, escucharía de la misma Piedad Bonnett, decir que su hijo ese día se liberó, acompañándose del simbolismo de volver al vientre materno. Estoy de acuerdo con ella.

La historia como tal puede ser tomada, en la primera impresión de algún puritano, como un intento por sacar partido —literaria y económicamente— de una situación tan dura. Sin embargo, cuando se profundiza en quién es la autora, los antecedentes del caso, y el libro mismo, podemos llegar a comprender el objetivo que buscaba Piedad Bonnett al momento de dejar por escrito lo ocurrido.

Cuando llegó el día 25 de octubre, para compartir algunas impresiones del libro con los del club de lectura, estuve presente en lo que sería la primera vez que un autor me firmase uno de sus libros.

Tuvimos la fortuna de contar con Piedad Bonnet, quien vino a España para recibir un premio en Málaga, y por su amistad con la profesora que lleva las riendas del club, decidió pasar por Alicante.

Dentro de lo más destacado que comentó Piedad, el concepto que tiene sobre el suicidio de su hijo, apreciándolo como una forma de liberación, deja un hondo aprendizaje. Creo que esto puede sonar muy escueto, y hasta dar pie a malos entendidos. Recomiendo leer el libro para poder apreciar el porqué de esta idea por parte de ella.

Además, el valor simbólico que otorga a sus sueños, como una forma irracional de expresar varios eventos me pareció atractiva. Citó a otros autores que trabajan en ese sentido, como por ejemplo a Jaime Alazraki y a Blanca Varela.

También habló sobre su rigurosa investigación sobre escritos acerca del duelo y el suicidio, y mencionó a Marcos Giralt Torrente (Tiempo de vida), Michael Greenberg (Hacia el amanecer), Al Alvarez (El dios salvaje: el duro oficio de vivir)…

Para terminar, manifestó su preocupación sobre la poca, y en muchos casos nula, información estadística real sobre los casos de suicidio.

Cuando volví a casa, me senté un rato a buscar casos similares en internet. Concluí que es sorprendente la gran cantidad de familias que están descontentas con los tratamientos que reciben. Es como si sus médicos no quisieran dejar ir a sus pacientes. Esto, claro, si nos referimos a los que pueden costearse los gastos de un tratamiento particular y constante, porque los que acuden a los servicios de sanidad públicos en sus respectivos países, se encuentran con una atención insuficiente.

Terminé ese día yéndome a la cama con algunas preocupaciones; egoístas casi todas, lo confieso. Al día siguiente, tuve que ir a la fábrica, y sentí algo de desasosiego al pensar que en el trabajo, en la calle, todos hacemos lo posible por aparentar un idílico estado de cordura. ¿Será real?

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