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Mostrando entradas de diciembre, 2018

Mi solsticio de invierno

Camino del hospital, no podía evitar preguntarme si quien me esperaba sería capaz de reconocerme. Quizá, pensaba, iba al encuentro de alguien que comprendería mi sacrificio y esfuerzo por asistir a nuestra cita, sin importar la hora —coincidente con la del resto de visitantes— y el día tan especial. ¿Ayudaba que fuese 21 de diciembre? Quería creer que influía de forma decisiva. Un solsticio de invierno siempre parece un buen día para dejarse morir.
Máxime, tratándose de una bruja.
Ya en el hospital, decidí entrar con la mayor solemnidad posible por la puerta principal. Luciendo traje y guadaña. En la recepción, el tipo que estaba allí me preguntó si me interesaba ser partícipe de alguna especie de broma. Después de felicitarlo por su atención a los detalles, le dije que todo era culpa de la fecha que nos había tocado. El de la recepción respondió que sí, que pasara, que le daba igual todo. Después de un turno de dieciocho horas seguidas, confesó, mirar mi mano tal cual es —pues quise…

MAMEN

Solo era un joven metido en un puticlub. Mis intenciones, acalladas por el disimulo y algún trago de whisky adulterado, invadían mi mente desde muy temprano. Tenía un plan y un objetivo. El primero no estaba muy claro; el segundo, se hacía llamar Mamen.
Siempre había pensado, hasta pocos minutos antes de llegar a ese lugar, que Mamen provenía de Maricarmen; pero no, era: María del Carmen. Un detalle que no me facilitaría identificarla mejor, porque su verdadero nombre era un secreto para casi todos.
Pero esa noche, como tantas otras, era simplemente Mamen. Se decía que había llegado allí después de haber estado casada un par de años con un policía que conquistó ella gracias a sus vecinos. La habían denunciado por montar un negocio en torno a los sueños de la gente, por estar siempre rodeada de maleantes que querían experimentar, y por estar metida en trapicheos relacionados con drogas; ayahuasca, casi siempre. Entonces había llegado el policía para inspeccionar el lugar. Ella había …

El hombre del espejo

— ¿Cómo es que os casasteis? ¿Cómo os dio por allí? —me preguntó frente al espejo, la misma noche de la boda.
No le respondí al hombre del espejo.
Y por algunos días, pareció dejarme en paz. O eso pensé.
Con el viaje hacia El Salvador, pasé por alto detalles que ahora cobran importancia. Como el misterioso extravío de mi equipaje en el aeropuerto, o haber olvidado mi anillo en el baño del avión, o los pasaportes que jamás pudimos entregar para entrar en el país centroamericano.
La cosa no mejoró cuando, ya de regreso, se me ocurrió volverme a parar frente al espejo.
— ¿Cómo es que os casasteis? ¿Cómo os dio por allí? —retumbó de nuevo en mi cabeza.
Ella, mi esposa, estaba cerca. Así que solo me terminé de anudar la corbata, bien fuerte —lo recuerdo perfectamente— y seguí sin responderle al hombre del espejo.
Así sucedía día tras día. Y no miento si digo que algo en mí me avisaba que las cosas podían empeorar. Y así fue.
Mi esposa colocó un espejo en la entrada de casa. Nada más abrir…