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El hombre del espejo


— ¿Cómo es que os casasteis? ¿Cómo os dio por allí? —me preguntó frente al espejo, la misma noche de la boda.

No le respondí al hombre del espejo.

Y por algunos días, pareció dejarme en paz. O eso pensé.

Con el viaje hacia El Salvador, pasé por alto detalles que ahora cobran importancia. Como el misterioso extravío de mi equipaje en el aeropuerto, o haber olvidado mi anillo en el baño del avión, o los pasaportes que jamás pudimos entregar para entrar en el país centroamericano.

La cosa no mejoró cuando, ya de regreso, se me ocurrió volverme a parar frente al espejo.

— ¿Cómo es que os casasteis? ¿Cómo os dio por allí? —retumbó de nuevo en mi cabeza.

Ella, mi esposa, estaba cerca. Así que solo me terminé de anudar la corbata, bien fuerte —lo recuerdo perfectamente— y seguí sin responderle al hombre del espejo.

Así sucedía día tras día. Y no miento si digo que algo en mí me avisaba que las cosas podían empeorar. Y así fue.

Mi esposa colocó un espejo en la entrada de casa. Nada más abrir la puerta, el hombre del espejo me recibía.

Su saludo era siempre el mismo:

— ¿Cómo es que os casasteis? ¿Cómo os dio por allí?

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