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MAMEN


Solo era un joven metido en un puticlub. Mis intenciones, acalladas por el disimulo y algún trago de whisky adulterado, invadían mi mente desde muy temprano. Tenía un plan y un objetivo. El primero no estaba muy claro; el segundo, se hacía llamar Mamen.

Siempre había pensado, hasta pocos minutos antes de llegar a ese lugar, que Mamen provenía de Maricarmen; pero no, era: María del Carmen. Un detalle que no me facilitaría identificarla mejor, porque su verdadero nombre era un secreto para casi todos.

Pero esa noche, como tantas otras, era simplemente Mamen. Se decía que había llegado allí después de haber estado casada un par de años con un policía que conquistó ella gracias a sus vecinos. La habían denunciado por montar un negocio en torno a los sueños de la gente, por estar siempre rodeada de maleantes que querían experimentar, y por estar metida en trapicheos relacionados con drogas; ayahuasca, casi siempre. Entonces había llegado el policía para inspeccionar el lugar. Ella había confundido el atuendo y el cargo del gendarme con el de un hombre de bien. Pero no debieron llegar a un acuerdo, porque la violó. Todo era parte de una expresión natural del deseo masculino, explicaría después él a su entorno cercano.

Exigió la sumisión absoluta de Mamen. Pasaron a combinar el negocio anterior con la prostitución. Con la aportación del policía, ahora ofrecían encuentros presenciales y online. Los clientes exclusivos que pisaban el Club Sex Fantasy nunca llegaban a saber con seguridad si lo vivido era real o formaba parte de una potente fantasía.

Yo me dediqué a mirarla, esperando mi turno. Acariciaba con parsimonia el enorme ciempiés tatuado en su cuello. El bicho resaltaba aún más por el color tan blanco de su piel. Solo pude pensar en que afuera había una luna llena igual de brillante que Mamen. Sería porque, al igual que el satélite, ella rehusaba someterse al sol. Jamás fue vista por el pueblo a la luz del día. ¿Había que castigarla por eso?

En medio de esas reflexiones, llegó mi oportunidad con Mamen.

Una vez a solas, me miró de hito en hito, escaneando, sin yo saberlo en ese momento, todo lo que podía haber intentado disfrazar con mentiras inútiles. En su habitación todo era un caos. Chocaba el contraste entre libros y juguetes sexuales. Ambos, en cantidades iguales.

Preguntó, sin más, si yo también quería rescatarla. Yo preferí confesar de inmediato que era el inspector jefe de la oficina de sanidad, con la misión de cerrar ese lugar. Agregué que había seguido el rastro dejado por su padre, no paraba de presumir de que ahora también él formaba parte de ese degenerado negocio. Ya solo necesitaba su denuncia y todo acabaría.

Ella respondió acercándose a su portátil. Me tranquilizó explicándome que solo buscaba poner una melodía acorde con nuestro encuentro. Se trataba de una especie de mantra.

Me quemo con agua, me lavo con fuego.

Le supliqué que me ayudara a salvar a las demás chicas de ese antro, que se salvara ella del policía corrupto que lo poseía todo, que la poseía a ella. Mamen solo me miró, sonriente.

Me quemo con agua, me lavo con fuego.

Le pedí que apagara el maldito portátil.

Ella se limitó a seguir sonriendo, y afirmó que lo mío era un problema de fácil solución. Yo no necesitaba, según dijo, nada de lo que allí proveían. Solo padecía un ligero bloqueo.

Me quemo con agua, me lavo con fuego.

— ¿Me recuerdas? —inquirió.

— Sé que eres Pilar, mi prima.

— La que violaste de niño.

Me quemo con agua, me lavo con fuego.

El bloqueo no fue más.

— Desde ese día, solo pienso en el suicidio —añadió.

Me acerqué a ella, con las manos sudorosas. Todo en mí temblaba.


Tuve que hacer mi gran confesión:

— Si quieres cometer una locura, cuenta conmigo.

Y Pilar, Mamen, apagó la luz.

Me quemo con agua, me lavo con fuego.

Y me absorbió la oscuridad.




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