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Mi solsticio de invierno

Camino del hospital, no podía evitar preguntarme si quien me esperaba sería capaz de reconocerme. Quizá, pensaba, iba al encuentro de alguien que comprendería mi sacrificio y esfuerzo por asistir a nuestra cita, sin importar la hora —coincidente con la del resto de visitantes— y el día tan especial. ¿Ayudaba que fuese 21 de diciembre? Quería creer que influía de forma decisiva. Un solsticio de invierno siempre parece un buen día para dejarse morir.

Máxime, tratándose de una bruja.

Ya en el hospital, decidí entrar con la mayor solemnidad posible por la puerta principal. Luciendo traje y guadaña. En la recepción, el tipo que estaba allí me preguntó si me interesaba ser partícipe de alguna especie de broma. Después de felicitarlo por su atención a los detalles, le dije que todo era culpa de la fecha que nos había tocado. El de la recepción respondió que sí, que pasara, que le daba igual todo. Después de un turno de dieciocho horas seguidas, confesó, mirar mi mano tal cual es —pues quise demostrarle que no se trataba de un disfraz— lo motivó para mandar todo a la mierda. Y pasé, mientras el atento joven salía del hospital, corriendo y vociferando algo sobre que la vida era muy corta.

Nada más sumergirme en las entrañas de ese gran hospital, una espesa nube de gente con cara de tragedia y aparatos de última generación me obstaculizó el paso en esa pálida noche de invierno. Entonces supe que nadie más notaría mi presencia. Por la hora, parecían hartos de mantener el tipo ante la fatalidad reinante en la UCI. Experimenté una extraña sensación de ahogo. Todos allí contenían la respiración. ¿Esperaban algún milagro que les permitiera terminar el año olvidando su condición mortal?

En el pasillo duro y frío, donde se hallaba la chica que yo buscaba, su familia decoraba las paredes en silencio. Se dedicaban a intercambiar miradas, ¿cómplices o acusatorias? La falta de aire se hizo más evidente. Supuse que la presencia de todos ellos, ese lugar, la fecha, la chica en su habitación, yo, conformábamos un cóctel de lo más depresivo. Hasta una bombilla se fundió en ese instante, dejando el cuadro aún más tenebroso.

Confieso que tuve la tentación de efectuar una visita rápida, pero pronto recordé que el motivo de mi presencia en este caso tenía un «algo» a tener en cuenta. Merecía una despedida honrosa. Había escuchado hablar de sus rituales, de sus ejercicios de evocación utilizando whisky y ron, hasta que le perdí la pista por culpa de su pareja. Prácticamente la había hecho desaparecer; sin embargo, gracias a él yo tenía la oportunidad de conocerla antes de lo previsto. De hecho, él también estaba allí, con gesto serio, disimulando pena cuando le correspondía el turno de ser observado.

Yo opté por entrar en la habitación donde estaba ella. No podía posponer más nuestro encuentro.

Hallarme en medio de tanta oscuridad ahí dentro me puso a la defensiva. La velita negra encima del televisor me descompuso, casi tanto como el pentagrama dibujado con una barra de pintalabios rojo en un espejo. Si era verdad lo que sabía de ella, nada de aquello podía ser una casualidad. Así trabajan las brujas.

Me acerqué despacio a la cama, empuñando con fuerza mi fiel segadora. Tuve que dejar de lado el recuerdo de la respiración.

Unos gritos desde el pasillo revelaron el nombre de mi objetivo.

¡Solange ha muerto!

¡Sol ha muerto!

Me negué a creer lo que había escuchado. Pero al comprobar de cerca la cama, ésta yacía fría, vacía, con la sábana deshecha y mi sospecha de que alguien más había pretendido hacer mi trabajo.

Abrí cada una de las doce puertas de esa planta, como si se tratara de los signos del zodiaco. Y en cada una fui esparciendo muerte. Aquello seguro terminaría siendo titular de algún informativo.

Pero no apareció Sol.

Los padres de ella salieron del hospital furibundos, con un fajo de papeles que daban por legal el susodicho deceso. Decían algo de que el cadáver de su hija podía haber sido secuestrado por alguna secta peligrosa; quizá algún grupo de seguidores, añadían. Se insultaban el uno al otro, reprochándose no haber pasado por una aseguradora los dones de su hija. El novio solo atinaba a jurar que él no tenía nada que ver y que podía demostrar que llegaron a casarse en secreto, por un tema de bienes gananciales. El resto de la familia se preguntaba si había alcanzado a dejar testamento. Los del hospital, mientras tanto, se negaban a dar explicación alguna. No la tenían.

Solo yo sabía la verdad. Pero nadie quería notar mi presencia. Estaban absortos en ambiciones profanas, como para pensar en la muerte.

Más tarde, cuando vi a Solange tomar un tren para salir de la ciudad, concluí que me había quedado fascinado con ella. Se trataba, sin duda, de un ser digno de un trato especial.

Esperaré hasta el próximo solsticio de invierno.

Será mejor que, hasta mientras, Sol haga que este «volver a nacer» valga la pena.

Carpe diem… Memento mori.


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